RELATOS

Una vez iniciado el movimiento supe que no habría marcha atrás, sería difícil regresar a aquello que fui. Hoy soy otro ser: curtido, compañero del esfuerzo, amante de mis kilómetros. Sólo el fin de mis días debería obligarme a parar: ese es mi pequeño sueño.

martes, 8 de agosto de 2017

LA SONRISA MÁS AMPLIA. DEDICADO A MI PADRE

Lo etéreo de la felicidad

En la Avenida de Linarejos el único sitio liso por donde ir es la del rail del tranvía, esa línea oscura y peligrosa que se aleja hasta donde alcanza mi vista; la llanta delantera de mi bicicleta zigzaguea bailando con el hueco de la doble estructura metálica tratándola de evitar para no caer en la trampa y terminar por los suelos. Pero no tengo miedo, sólo una emoción difícil de describir que crece y crece a cada nuevo giro que doy, cuando tras perder velocidad trato de recuperar la cadencia mientras oigo los aplausos y gritos del público que abarrota las aceras. Las piernas pesan como losas pero las ganas pueden con el dolor por lo que sigo avanzando como si visto desde fuera no costara hacerlo...

Todo es tan extraño que no parece real, no lo interiorizo, me digo ¡venga, un giro y ya está! y llegan los nervios, el ansia por finiquitar; hasta que en un acto reflejo bastante estúpido miro hacia atrás para vigilar a mis perseguidores y con ello dejo de controlar la rueda y el rail,..., un instante que me puede llevar a la antesala de un "todo" o conducirme a un "nada"; así que cruzo ese instante resignado a mi suerte, y la fortuna me acompaña ese mañana, ¡hoy extrañamente toca "todo"! para éste que se siente tan de espaldas a la suerte; así que continuo aliviado para llegar el último giro y encarar la meta;  levanto la mirada y veo acercarse a gran velocidad  la pancarta de tela blanca que representa aquello que he conseguido. 

Las excepción es especial por no ser habitual, y por ello ese día fue el más raro y extraordinario de mi vida. El peso del trofeo me duerme los antebrazos y allí me hallo subido en lo más alto de ese improvisado podium de una tela que cubre una serie de cajas de madera que otrora portaron garrafas del buen vino de Valdepeñas; esa es para mi la imagen de la felicidad más egoista, mi propia felicidad retratada en un instante efímero de mi vida.

...Regreso al presente, estoy asomado a la ventana divisando esa misma avenida: en la calzada sólo hallo asfalto grisáceo, ya no hay railes; pienso en todo aquello y es como algo que no sucedió: no conservo foto alguna y por ello no me puedo ver alegremente posando; habría guardado celosamente la copa si no la hubiera donado al club, coartando así la posibilidad de contemplarla y así subirme la moral en los días en los que me hubiese sentido con la autoestima por lo suelos, demasiados, por cierto; la artesanal pancarta de tela blanca o las cajas de vino ya sólo existen en mi memoria, y quizá de forma distorsionada, en cuanto a los testigos vivos de aquel evento de la Feria de Linares de 1952, seguramente no recordarán lo que allí ocurrió aquella soleada mañana de domingo...en el fondo es como si todo hubiera sido un dulce sueño...  Suelto el visillo me giro y vuelvo a la celebración que me ha traido de nuevo hasta esta ciudad.., en el salón los comensales rien, conversan en alto; y pienso que estamos casi todos los que somos, casi todos los que me importan, sólo echo en falta a los que ya no están. Miro a mi izquierda y me fijo en su sonrisa, la mano de mi hijo agarra la mano de su reciente esposa, y me siento como subido en aquel podium, un cosquilleo..., el tiempo se para y de nuevo como ocurriera cincuenta años antes, vuelvo a ser feliz en Linares.

100 metros es suficiente reto

En unos minutos habré terminado esta larga subida y alcanzaré el avituallamiento que se halla en lo más alto, no voy a parar, llevo suficiente bebida en los dos soft flask y no hay motivo para el descanso; y de forma inevitable me llega la imagen de aquella Madrid-Segovia dos años antes allí, en el Alto de la Fuenfría...

...las sienes me martillean con la periodicidad que marca cada pulsación, la cabeza me da vueltas de forma similar a la sensación que nos pilla en fuera de juego la primera vez que nos emborrachamos, los brazos me molestan tanto que no sé donde apoyarlos, el cuerpo es un peso muerto que sólo pide reposo, pero lo peor de todo son las tremendas naúseas, la necesidad de expulsar todo lo que mi organismo ha tratado de digerir sin éxito. La silla es incómoda, de esas de plástico blanco, y aún así mi voluntad se centra en convencerme de que me quede allíí sin moverme, que abandone la prueba, que me abandone. Claudio está echando fotos a diestro y siniestro en lugar de dedicarse a correr la prueba como ha hecho los últimos años, repara en mi presencia y se acerca, me mira y me dice: "Javier, si no te levantas y echas a andar te puedes dar por muerto". Y eso hago, no dejo pasar ni medio minuto y sigo sus instrucciones, le tengo demasiado respeto y admiración como para no obedecerle. Me levanto tambaleante, alguien de la organización me pregunta si soy capaz de seguir y le digo que sí, y me mira dubitativo; está en un tris de llamar al de la ambulancia que está a unos metros, pero en el último momento me deja ir. Claudio me hace un gesto arengador con los dos pulgares en alto, comienzo a andar cuesta abajo, empiezo a trotar un poco, pero de repente siento que me viene una avalancha y echo hasta la primera papilla. Al poco rato ya me siento mejor, muy flojo pero mejor y comienzo a corretear, y unos segundos después me veo corriendo, despacito pero corriendo, y entonces me adelanta Claudio en bicicleta, justo para preguntarme qué tal y justo para contestarle que gracias, que por fin me siento persona. 

Y bajo hacia mi destino, Segovia, experimentando el dolor y la impotencia empeñándome en llegar a meta cueste lo que cueste aunque lo prudente fuese estarse quieto, que es eso justamente lo que yo concibo por vida, algo a lo que aferrarse cueste lo cueste. Tengo mucho tiempo para reflexionar y lo utilizo en pensar en mi padre y en sus duros paseos; él apenas puede con sus 100 metros y yo apenas puedo con mis 100 kilómetros, la diferencia es que a él ya le invadió la más absoluta decadencia y no le queda más remedio que seguir adelante y continuar sin descanso hacia la meta. Lección de vida en la que te das cuenta que no importa la distancia sino el simple movimiento, la obcecación por proseguir tu camino para que la acción se convierta en resistencia y la resistencia se torne en final.

...He pasado por delante de la silla blanca y sólo la he mirado de refilón, no he querido girar la cabeza no fuera que me atrajese hacia ella para retenerme y vinieran a mi malos momentos pasados. Apenas he dispensado una rápida sonrisa acompañada de un breve saludo y he oido decir a alguién de la organización algo así como "mira como va, pareciera que no lleve 83 kilómetros". Ahora viene la zona pedregosa y técnica de la bajada empinada, es la quinta vez que paso por allí y no me canso de esa zona. Hoy los pinos me susurran cosas al oído y estoy tan atento, voy tan despierto que alcanzo a enterarme de todo lo que me dicen: me cuentan que floto, que me siento muy vivo, y pienso intensamente en él: mi esfuerzo es la suma de todos sus esfuerzos pasados y el movimiento, aunque  forma parte de este mundo, atraviesa la variable tiempo, la parte en dos, escapando a otra dimensión,..., me lo imagino corriendo en Linares, en esa historia que alguna vez nos contó y que por extraordinaria que parecía el temía que no la creyésemos; también lo veo aparecer por el marco de la puerta de casa, es domingo soleado, finales de los ochenta, viene cansado, tiene más de 60,  y regresa de dejarse el alma haciendo un porrón de kilómetros en su restaurada bicicleta, mi madre le está recriminando, ella no puede entender qué se siente cuando la extenuación castiga  a tu cuerpo que tu alma se siente tan libre..., y ahora le veo años después, ya muy viejecito, le voy animando acompañándole calle abajo en un corto paseo en el que oigo sus jadeos pugnando por realizar unos pocos metros de ida, un larga parada para tomar resuello,  media vuelta y a por los metros finales de vuelta, siempre acompañado de sus indispensables muletas. Y avanzo en mi mente entrando en un terreno más sensible, más duro, más reciente, quiero cruzar ese arco, no lo evito, y ahí está su andador, su temblor de piernas, sus ahogos..., pero afortunadamente también veo sus ganas de vivir, su esfuerzo por continuar; veo su final rodeado de todos lo que le importan, brotan las lágrimas y meto una marcha más, voy demasiado rápido pero no me importa, seguiré yendo así hasta que esa sensación me acompañe... y sin darme cuenta llego al cruce de "La Cruz" y un voluntario me dice que voy 6º, sin embargo mi ego no crece, hoy no corro yo, hoy corre él por mi.

Y el resto de aquella carrera no es más emocionante, las piernas extrañamente no me dejaron de arder, una sensación dolorosa y cálida a la vez que me hizo vaciarme por completo. Alcancé el Acueducto aquél sábado por la tarde sintiendo el calor de la gente, no tuve que ir a la ambulancia como ocurriera dos septiembres atrás, pero el peso de aquellos 102 kilómetros cayó sobre mi cuerpo con tanta rotundidad que tuve que desconectar y dejar que mi mente tomara  el mando de todo mi ser, liberada de un envoltorio inservible. El agua tibia de la ducha del hotel me deja adormecido y decido echarme unos minutos en la cama. Sin darme cuenta caigo en un sueño profundo, pero no es un sueño, más bien es una visión del pasado: mi padre mira por la ventana hacia la Avenida de Linarejos, hay tanto jaleo en la celebración de mi boda que cuesta oirnos y de repente suelta el visillo y nos mira,  esboza una sonrisa, al principio leve pero cada vez más ostensible, hasta ser la más amplia que jamás le he visto; no dice nada, pero con eso lo dice todo...

Upps, sin darme cuenta han pasado dos horas, o espabilo o no veré llegar a mi mujer, y ella no me perdonaría que me perdiera esa ocasión, ¡la primera vez que supera los 100 kilómetros!. El Sol está cayendo en Segovia y la estampa es preciosa, repleto de tonos anaranjados que se mezclan con el color crema de la piedra milenaria;  preparo el móvil para echar buenas fotos cuando por megafonía dicen que llega la cuarta mujer, la primera de la categoría veteranas, dicen su nombre y no me lo puedo creer, ¡lo ha vuelto a conseguir!. Cuando la veo girar la calle hacia el arco de meta dos lagrimones se escurren por mis ojos y la escena es casi perfecta en ese atardecer casi perfecto. Ya tras recibir su enésimo trofeo, los dos nos vamos cogidos de la mano hacia el hotel, los dos molidos, y de repente pienso que si miro hacia atrás, hacia el Acueducto, veré a mi padre en uno de sus arcos sonriéndonos; sé que es una tontería, un pensamiento convertido en ilusión, pero aún así vuelvo la mirada y lo veo allí, está con su bicicleta, no con su andador, sé que es mi imaginación pero realmente lo veo .

Todos los caminos llevan a Linares

Nunca hablamos mucho, realmente no supimos qué decirnos, o quizá no tuvimos la oportunidad, o puede que no tuviéramos el valor de sincerarnos, de hablar con el corazón. Ahora ya es tarde, no oigo apenas, y no se me entiende lo que digo, pero a pesar de todo estoy en equilibrio viéndole ahí cuidándome, lo siento más cerca que nunca, veo que saca la pluma de la insulina y sé lo que va a hacer antes de que lo haga: me va a decir con gestos que me pinche en la tripa, siempre lo hace... Mis hijas siempre me pinchan, diría que son mejores enfermeras que él, pero en cualqueir caso me encanta que me haga ese gesto instándome a que consume el pinchazo yo mismo. Soy obediente, no dudo de que ha preparado la dosis correcta, así que agarro el aparatito, aprieto el botón y gira la ruedecita. La insulina entra de forma indolora y entonces pienso en otros tiempos, en los que comunicarse era más fácil porque mis oidos aún funcionaban, porque se me entendía lo que decía.., ahí mismo podríamos haber hablado de mil anécdotas vividas, le podría haber preguntado por sus carreras, que pocas veces le pregunte por los detalles y siempre tuve curiosidad,  y sin embargo hoy sólo podemos mirarnos y hacernos gestos, y pese a todo sentirnos más unidos que nunca.

Tengo la mente ágil, es lo único que me funciona al 100% así que puedo viajar rápidamente a unos años atrás: estamos comiendo los tres, él todavía vive con nosotros, aunque está en proceso de independizarse, ¡ya era hora por otra parte!; nos está diciendo que ha conocido a alguien por internet  y que la va a traer a casa ese mismo fin de semana. Veo el brillo de sus hijos y sé que está enamorado, nunca le ví así. La sorpresa llega cuando nos dice que ella es de Linares..., y me acuerdo de aquellos railes, de aquella copa, de aquella felicidad. Me muevo dando saltos en el tiempo sin necesidad de máquina alguna y ahora me veo hablando con mi mujer, él todavía no ha nacido, mis hijas sí, encima de la mesa se debate una oferta de trabajo que puede cambiarlo todo, pero hay que trasladar a toda la familia a Linares, mi mujer pone mala cara, también pone inconvenientes y siento que mis alas se acortan hasta no poder volar, no debo hacerle eso, no podemos escapar de aquello que conocemos, de su zona cómoda, de su zona tranquila...ella no podría llevarlo bien.

...De vuelta a mi dura realidad mi hijo me hace señas que entiendo a la primera, me está preguntando si quiero ir a descansar, miro a mi mujer y me pone peros con los ojos, no quiere quedarse sola en la habitación, pero me hallo tan tan cansado que hoy no puedo complacerla, así que asiento con la cabeza, hago el esfuerzo de incorporarme y sé que tocará recorrer los escasos 7 metros que me separan de mi cama con la única ayuda del andador y de mis ridículas fuerzas. Cuando logro reposar en el lecho él se despide y yo pienso en Linares y en la casualidad.


...Hace un frío inusitado en Linares pese a estar en noviembre, y pese a todo hoy salimos a dar una vuelta, ¡que nos apetece!. Jorge ha quedado con una amiga que ha conocido a través de las redes sociales  y que curiosamente, y como no podía ser de otra forma, es de Linares, suerte que Inés es demasiado peque aún para pensar en amoríos. Me abrocho hasta el último botón de mi abrigo negro y tras aparcar paseamos un rato: hoy toca ir al cine, pero antes callejeamos para ir a una cafetería que han abierto nueva. Nada más entrar al local me siento como en casa, con un toque de años cincuenta y repleto de recuerdos colgados por las paredes y también repartidos en mil enseres. Nos vamos al rincón más apartado de todo el recinto y allí charlamos como siempre de entrenos, sensaciones y como no de la Maratón de Valencia, la cual tenemos a unos días vista,..., por unos segundos la mirada se va a la pared donde cuelgan un montón de fotos antiguas, se ve la Plaza de Toros, el Paseo de Linarejos, la Calle Julio Burell, el día a día de una ciudad que antaño fue bulliciosa, ...de repente una foto llama mi atención y cuando me fijo en ella un escalofrío recorre todo mi cuerpo. En un improvisado y rudimentario podium se ven tres figuras, en seguida reconozco la que posa en lo más alto, se pelea por mantener a media altura un trofeo que claramente apenas puede sostener y pese a todo su amplia sonrisa le delata, es feliz.



Este relato está basado en hechos reales. Como se aprecia en la foto el trofeo no era muy pesado, y no había podium improvisado, seguramente el rail no era tan peligroso, pero mi padre ganó aquella carrera, al igual que ganó la otra carrera, la más dura, la de la vida.

Dedicado a tí Papá.




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